Bien sé que no lo hace por mí... yo no merezco tal prodigio. Viene porque han madurado los higos de mi higuera. Pero jamás una paloma había llegado acá... nunca vi una tan cerca.
La paloma es de esas que se llaman 'trigueras'. Sus patitas son color de rosa. Su pecho tiene la curva –y ha de tener la tibieza– de un seno de muchacha. Cuando levanta el vuelo, asustada
por la presencia súbita de 'Terry', pone en el aire un tenue silbo. Así, pienso, debe sonar el aleteo de los ángeles.
A fuerza de mirarnos la paloma y yo nos conocemos ya. La oigo llegar y hago como que estoy escribiendo, pero la veo por el rabillo del ojo. Ella come, y luego asoma la cabecita entre las ramas. Pareciera decirme:
—Ya me voy.
¿Habrá en el mundo –digo–, una mejor higuera que la mía, que da higos y da también palomas?