Al pobre no le gustaban las cuentas y sin embargo debía cargarlas... pues era un libro de cuentas.
Se desesperaba; andaba siempre lleno de angustia y desazón. Perdió el apetito; por las noches sufría pesadillas en que las cuentas lo perseguían y alcanzaban.
Fue a consultar a un especialista. Después de oírlo le dijo el sabio médico:
—Lo que usted necesita es cambiar la letra 'a' de su nombre por una 'o'. Con eso sus problemas cesarán.
El libro de cuentas siguió el consejo del doctor... se hizo libro de cuentos. Y entonces fue feliz: en sus páginas ya no llevaba complicados números sino preciosas fantasías: "Este era un rey..."; "Había una princesa..."; "Una vez, en un lejano país...".
¡Los niños amaban al libro de cuentos!
Y es que ningún niño dice: "Cuéntame una cuenta"... todos dicen: "Cuéntame un cuento".