El bastón y el anciano

El anciano guerrero se acercó a la orilla de su playa... esa playa donde dejaba las tristezas y recogía paz...

Ahí la vio; primero pensó que era un ángel... pero era una mujer que lloraba a la orilla del mar.

El viejo lobo se acercó y le preguntó:

—¿Qué te pasa, mujer con rostro de ángel?

—Tengo tristeza —ella respondió—, necesito alguien que me apoye, alguien que me sostenga...

El anciano guerrero le mostró su bastón tallado y le preguntó:

—¿Quién sostiene a quien? —vio su expresión de duda y continuó—. Mi relación con mi bastón es mutua: él me sostiene sólo si yo lo sostengo con energía... Si quieres sentir que alguien te sostiene, levanta a alguien que esté caído; sentirás el honor del bastón que, sin preguntar, ayuda a caminar al que envejece...

La mujer lo miró y sonrió; su sonrisa alumbró la obscura noche sin luna como una estrella que se levanta cuando está a punto de amanecer...

El lobo la vio alejarse con una carga menos en el alma y el se volvió hacia su mar... en la distancia se escucho un aullido profundo...

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Armando Marcial González-Vidaña