Tomando en cuenta que el granito de arena puede ayudar sólo en el caso de playas o desiertos –que ciertamente no parecen necesitar más granitos–, deseo sugerirles a los bien intencionados repetidores –que no autores– de esa frase, que mejor colaboren con un granito de arroz.
Los granos de arroz en un platillo suelen ser uniformes en tamaño y calidad, y todos valiosos, cada uno de ellos indispensables. Si, imitando a los mexicanos, algún grano dijera: "Yo que no sirvo para nada", "yo no cuento, son los demás los que importan", "soy tan poquita cosa", de uno en uno nos quedaríamos sin rissotto, paella o arroz a la mexicana.
A las mujeres, en especial, nos hace falta aprender a valorarnos. Que yo sepa, sólo en México se contesta a la pregunta de: ¿Quién anda ahí? con "No es nadie, soy yo". Reflexionemos en la reacción de la mayoría de las mujeres mexicanas ante la llegada de visitas.
Nos hemos esmerado durante días para que nuestra casa se vea ordenada y resplandeciente. Entran
los primeros invitados y los recibimos con la frase: "Ustedes perdonarán el tiradero". Nos
elogian lo que traemos puesto y en vez de responder:
"¡Qué amables!", entramos en una detallada explicación de que es un vestido que compramos
en una barata hace más de tres años y que, además, tiene un zurcido, "aquí, fíjense, en el
hombro..." y sigue la letanía de disculpas.
A la hora de pasar a la mesa pedimos perdón por servir una comida "sencillita", cuando en realidad es el resultado de tres días de pelar, picar, deshebrar, blanquear, capear, etc. Y cuando una amiga nos entrega un regalo bien pensado para que nos plazca, envuelto de manera preciosa, nos advierte: "Es un detallito", o peor aún: "Te traje una porqueriyita".
Tenemos que empezar por sentirnos bien en nuestra piel y responder al elogio agradeciéndolo sin más. ¡Claro que preparamos la casa y nos esmeramos en el menú para nuestros invitados!; ¡por supuesto que la ropa que usamos nos gusta!, si no fuera así no la llevaríamos puesta. ¡Falsas modestias adornadas con diminutivos!
Les propongo que cambiemos el "granito de arena" por un sólido y sustancioso grano de arroz que está formando parte de un platillo por derecho propio y no se siente "poca cosa".