El autor enfocó su mensaje al padre y, sin querer faltarle al respeto, lo he adaptado para ambos, papá y mamá.
Estaban dos hombres jóvenes platicando y uno decía:
—Fíjate que mis padres me hablan mucho por teléfono, principalmente, creo, con el afán de platicar conmigo o de invitarme a que vaya a verlos para charlar un rato. Yo voy poco –agregó–;
ya ves cómo son los viejos: cuentan las mismas cosas una y otra vez. Además, tú sabes cómo ando siempre... justo de tiempo; el trabajo, mi mujer, los amigos... en fin, ya sabes...
—Pues yo –comentó su compañero–, platico mucho con mis padres. Cada vez que estoy triste voy con ellos. Si algo me sale bien, busco la forma de darme tiempo para platicárselos y compartir con ellos mi alegría. Cuando me siento solo... cuando tengo problemas y necesito fortaleza... acudo a ellos y me siento mejor.
—Caray –dijo el otro muy apenado–; ¡eres mucho mejor hijo que yo!
—No, hombre... soy igual –respondió el amigo con tristeza–. Visito a mis padres en el cementerio o hablo con ellos en espíritu... ellos murieron hace tiempo. Cuando vivían... como tú, tampoco iba a platicar con ellos. Sin embargo, ahora me hace falta su presencia y los busco ahora que ya se fueron.
—Platica con tus padres ahora que los tienes –continuó diciendo–; no esperes a que estén en el panteón... como lo hice yo.
Los amigos se despidieron y el muchacho, en su automóvil, iba pensando en las palabras de su amigo. Cuando llegó a su oficina, saludó a su personal y como primera tarea del día dijo a su secretaria:
—¡Comuníqueme por favor con mis papás!